"La mayor obra de ingeniería: el ala de la libélula".
Paula Díaz Altozano
«La belleza puede ser consoladora, turbadora, sagrada, profana; puede ser estimulante, atractiva, interesante, escalofriante. Puede afectarnos de un sinfín de formas distintas; sin embargo, nunca nos deja indiferentes: la belleza exige el reconocimiento; nos interpela directamente como la voz de un amigo íntimo. Si hay personas indiferentes a la belleza, sin duda es porque no la perciben».
"El mundo matinal que se extendía ante mis ojos me parecía tan bello como si lo viera por primera vez”
Pasear –respondí yo- me es imprescindible, para animarme y para mantener el contacto con el mundo vivo, sin cuyas sensaciones no podría escribir media letra más ni producir el más leve poema en verso o prosa. Sin pasear estaría muerto, y mi profesión, a la que amo apasionadamente, estaría aniquilada. Sin pasear y recibir informes no podría tampoco rendir informe alguno ni redactar el más mínimo artículo, y no digamos toda una novela corta. (...) De imágenes y vivas poesías, de hechizos y bellezas naturales bullen a menudo los lindos paseos, por cortos que sean. Naturaleza y costumbres se abren atractivas y encantadoras a los sentidos y ojos del paseante atento, que desde luego tiene que pasear no con los ojos bajos, sino abiertos y despejados, si ha de brotar en él el hermoso sentido y el sereno y noble pensamiento del paseo. Piense cómo el poeta ha de empobrecerse y fracasar de forma lamentable si la hermosa naturaleza maternal y paternal e infantil no le refresca una y otra vez con la fuente de lo bueno y de lo hermoso. Piense cómo para el poeta la instrucción y la sagrada y dorada enseñanza que obtiene ahí fuera, al juguetón aire libre, son una y otra vez de la mayor importancia. Sin el paseo y sin la contemplación de la naturaleza a él vinculada, sin esa indagación tan agradable como llena de advertencias, me siento como perdido y lo estoy de hecho. Con supremo cariño y atención ha de estudiar y contemplar el que pasea la más pequeña de las cosas vivas, ya sea un niño, un perro, un mosquito, una mariposa, un gorrión, un gusano, una flor, un hombre, una casa, un árbol, un arbusto, un caracol, un rostro, una nube, una montaña, una hoja o tan sólo un pobre y desechado trozo de papel de escribir, en el que quizá un buen escolar ha escrito sus primeras e inconexas letras. Las cosas más elevadas y las más bajas, las más serias y las más graciosas, le son por igual queridas y bellas y valiosas. No puede llevar consigo ninguna clase de sensible amor propio y sensibilidad. Su cuidadosa mirada tiene que vagar y deslizarse por doquier, desinteresada y carente de egoísmo; tiene que ser siempre capaz de disolverse en la observación y percepción de las cosas, y ha de postergarse, menospreciarse y olvidarse de sí mismo, sus quejas, necesidades, carencias, privaciones, como el bravo, servicial y dispuesto al sacrificio soldado en campaña. De otro modo, pasea tan sólo con media atención y medio espíritu, y eso no vale nada. Tiene que ser en todo momento de compasión, de identificación y de entusiasmo, y ojalá que lo sea. Tiene que alzarse a elevado arrebato y hundirse y saber descender a la más profunda y mínima contrariedad, y probablemente sale. Pero ese fiel y entregado disolverse y perderse en los objetos y ese celoso amor por todas las manifestaciones y cosas lo hacen feliz, como todo cumplimiento de obligación hace feliz y rico en lo más íntimo a quien tiene una obligación que cumplir. Espíritu, entrega y fidelidad lo satisfacen y elevan sobre su propia e insignificante persona de paseante, que con demasiada frecuencia tiene reputación y mala fama de vagabundeo e inútil pérdida de tiempo”.
"Mi jardín me brinda una certeza mayor que cualquier sistema filosófico. Es suficiente observarlo para comprender que allí ocurren cosas absolutamente diferentes de las que percibimos. Como, por ejemplo, el diálogo cósmico que se produce entre la tierra y el sol durante la floración, que puede implicar en lo profundo nuestro ánimo sin que haga falta incomodar a un más allá. La poesía puede ser suficiente, porque nos pone en el estado de ánimo adecuado".
El fecundo otoño, la época de los frutos sazonados, tiene fama de triste. Es una fama propagada por poetas llorones que no han pasado por el campo cuando los árboles empiezan a amarillear.
El otoño da casi siempre la impresión de realidad, de plenitud, de vida; la primavera, en cambio, es más melancólica. El otoño es alegre porque ante la naturaleza que parece morir, el hombre se siente fuerte; la primavera es triste porque es la decoración espléndida en donde el hombre no puede poner casi nunca su acción.
El día de mayo es magnífico: el sol brilla, las praderas ríen, la naturaleza es grande, indiferente, se ha rejuvenecido con las misma fuerza de la primavera pasada, pero el hombre se encuentra pequeño y triste porque siente su insignificancia, ve que no se remueva como el árbol, ni como el arroyo, ni como la nieve del monte, y que lo que muere en él no vuelve a brotar jamás.
No, el otoño no es triste. En sus días el cielo se muestra suave y vario, amable y versátil; el sol amarillo dora las rojizas copas de los árboles, y las hojas secas crujen bajo los pies alegremente.
Hermoso árbol en san Martín de la Tercia. Villamanín. León
“- (…) Busco amigos. Pero, ¿qué significa “domesticar”?
- Es algo que está muy olvidado- dijo el zorro-. Significa “crear lazos”.
- ¿Crear lazos?
- Seguro –dijo el zorro. Tú no eres para mí más que un niño parecido a cien mil niños y no te necesito. No te necesito. Yo no soy para ti más que uno entre cien mil zorros. Ahora bien, si tú me domesticaras, nos necesitaríamos el uno al otro. Tú serías para mí el único en el mundo, como yo lo sería para ti…
- Empiezo a comprender- dijo el principito- Hay una flor…; y me parece que me ha domesticado…
(…)
“El Principito” fue el resultado que dio Antoine de Saint-Exupéry, el autor, cuando le encargaron escribir un cuento de Navidad. Quizá por ello es un cuento que trata de transmitir los valores humanos más importantes: el amor y la amistad. También podemos encontrar una parte muy espiritual cuando trata el tema de la muerte.
El capítulo del zorro, recoge muy bien ambos valores. El zorro le pide al Principito que le domestique, que significa “crear lazos”, y resume en ese párrafo -a través del discurso del zorro- cómo cuando se crea una relación íntima con alguien, esta persona pasa a ser para nosotros, distinta a las demás, especial, inconfundible, a modo recíproco… alcanzando su máximo grado de exclusividad cuando este “lazo” significa amar. Cuando dos personas se aman (amor a una pareja, a un hijo, madre, padre o amigo), crean una relación de dependencia mutua, donde “ambos se necesitan el uno al otro”.
- Mi vida es monótona- dijo el zorro. Cazo gallinas y los hombres me cazan a mí. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres se parecen entre sí. Por lo tanto, me aburro un poco. Pero si tú me domesticaras, mi vida sería radiante. Conocería un ruido de pasos diferente a todos los otros. Los otros pasos me hacen esconderme bajo tierra. Los tuyos, en cambio, me harían salir de mi madriguera; sería como una música. Y además, ¿ves esos campos de trigo? Yo no como pan. Para mí el trigo es inútil, los campos de trigo no me dicen nada. ¡Es bien triste! Pero tú tienes los cabellos de color de oro. Y si me domesticaras, ¡sería maravilloso! Los campos de trigo me recordarían tus cabellos de oro, y amaría el rumor del viento entre las espigas…
(…)
- Sólo se conocen bien aquellas cosas que se domestican- dijo el zorro-. Los hombres ya no tienen tiempo para conocer nada. (…). Si quieres tener un amigo, ¡domestícame!
- ¿Y qué hay que hacer?- dijo el principito.
- Hace falta ser muy paciente-respondió el zorro(…)
(…)
Mas cuando llegó el día de la separación, el zorro dijo:
- ¡Ah! ¡Lloraré!
- Si lloras será por tu culpa- dijo el principito-. Yo no quise hacerte ningún mal; pero tú insististe en que te domesticara.
- Es cierto- dijo el zorro
- ¡Pero tú vas a llorar!- dijo el principito.
- Así es- respondió el zorro.
- Entonces, no has ganado nada.
- Sí, he ganado- dijo el zorro- a causa del color del trigo.
TODAS las cosas tienen un instante de intersección con nuestra alma. Sólo entonces las poseemos, sólo entonces las conocemos verdaderamente […] Al revivirlas y, ay!, al intentar recordarlas, también, cuantas más razones añadimos a su evidencia, más empequeñecemos su revelación […] Nadie ha logrado contemplar un recuerdo en el instante justo de su nacimiento. Pero, a veces, no comprendemos la belleza del cielo sino al mirarlo reflejado en un estanque.[…]
Sí, a veces caminamos y caminamos en una tarde tranquila […] Quizás no hemos notado el cielo puro en el instante en el que se quiebra el mediodía en la frescura de la tarde y es como si la luz se humedeciera. Y sin motivo alguno nos detuvimos al borde de una fuente […].Y allí, precisamente allí, sobre la faz del agua, vemos el cielo reflejado inesperadamente y comprendemos su hermosura. De pronto, no ya al ver, sólo el mirar es un milagro. Y entonces levantamos los ojos campeadores, agradecidos, empañados. Ahora la gratitud del alma, puesta sobre los ojos, les resta certidumbre, les induce aceguera.
Sí, a veces, también, caminamos y caminamos en la vida sin sentir que las alas del ángel nos alegran la soledad. Quizás en la medida en que es más honda, más generosa, la compañía se nos convierte más en soledad. Entonces no comprendemos que vivimos, no comprendemos la dolorosa belleza de la vida. Pero de prontonos detenemos al borde del recuerdo, sobre la faz del corazón, y sentimos como el rumor de un vuelo en torno nuestro.Son las alas que van uniendo y entrelazando, durante toda nuestra vida, lo enaltecido con lo inerte. Las sentimos como un vuelo de abejas vivas, conciliadoras. Y todas las cosas encerradas y reflejadas en nuestro corazón empiezan a dar flor […]
“¡La Naturaleza, el canto de los pájaros! Estas son mis pasiones. Son también mis refugios. En las horas sombrías, cuando mi inutilidad me es brutalmente revelada, cuando todos los lenguajes musicales, clásicos, exóticos, antiguos, modernos y ultramodernos, me parecen reducidos al resultado admirable de pacientes búsquedas, sin que nada detrás de las notas justifique tanto trabajo, ¿qué hacer, sino recobrar su verdadero rostro, olvidado en alguna parte del bosque, del campo, de la montaña, a la orilla del mar, en medio de los pájaros? Aquí es donde reside para mí la música. La música libre, anónima, improvisada por placer, para saludar al sol naciente, para seducir a la amada, para gritar a todos que el prado y la rama son nuestros, para cortar toda disputa, disensión, rivalidad, para dispensar la plenitud de energía que borbotea con el amor y la alegría de vivir, para horadar el tiempo y el espacio y hacer con sus vecinos de hábitat generosos y providenciales contrapuntos, para adormecer su fatiga y decir adiós a la porción de vida que se va cuando cae la tarde. Divinamente habla Rilke: ‘¡Música: aliento de las estatuas, silencio de las imágenes, lengua donde encuentran su fin las lenguas…!’ Pero el canto de los pájaros todavía está por encima de este sueño del poeta. Y, sobre todo, está aún más por encima del músico que intenta anotarlo”.
No hagas de tu verano una elección de playa o montaña, porque las vacaciones no son asunto de un lugar sino de ti. Es cuestión de una posición en la vida, no de una estricta topografía.
La poetisa Emily Dickinson jamás salió de su casa, no le hizo falta. Nació en Amherst, Massachusetts. Vivió y murió en Amherst, Massachusetts. Su quehacer diario lo realizaba en profundo aislamiento y sólo vestía de blanco, como si fuera un lirio de agua. Pero ella, inmóvil danzarina de sí, miraba la realidad, absorbía su belleza y la volcaba en versos. No fueron los viajes que nunca realizó lo que sobredimensionó su personalidad, sino la agudeza de su mirada. “Nunca he visto el Cielo, y sin embargo, conozco el lugar como si tuviese un mapa de él”, escribía.
Un día recibió la carta de una amiga acompañada del dibujo de una flor, algo muy hermoso que debió sobrecogerla hondamente. Así fue como la artista le respondió: “Querida Amiga: Que sin sospecharlo me haya mandado la flor preferida de mi vida, me parece casi sobrenatural, y no podría confiarle a nadie el dulce júbilo que sentí al encontrármela. Todavía tengo por muy preciado el tirón con que la saqué de la tierra cuando yo era todavía una criatura maravillada, un botín preternatural, y la madurez sólo realza el misterio, nunca lo mengua. Duplicar la visión es casi más prodigioso, porque la singular capacidad de Dios es demasiado sorprendente para sorprender”.
Emily recoge una experiencia que nos es común, el mar, la arena, la montaña, la libélula de agua, la resina que se destila en el enebro, la nube que desaparece, todo “es demasiado sorprendente como para sorprender”. Nos hemos habituado al milagro de la creciente acción de Dios en la Naturaleza. Quizá el arte, esa duplicación de la realidad, nos obliga al prodigio de volver a mirar, o mirar con ese hábito de ir más adentro. Como aquel grito de Julien Gracq, “¡tantas manos para transformar este mundo y tan pocas miradas para contemplarlo!”.
El verano anda más en relación directa con la contemplación que con el desplazamiento. Y si te sientes capaz, duplica la visión, escribe tus reflexiones, haz esa foto que aguarda a que la fijes, dibuja como un niño. De repente te notarás criatura de Dios, insospechadamente libre, darás con un fragmento del mapa del Cielo del que Emily Dickinson escribía.