"...Y allí arriba, en la soledad de la cumbre, entre los enhiestos y duros peñascos, un silencio divino, un silencio recreador..." (Miguel de Unamuno)


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jueves, 11 de diciembre de 2014

Romance de la dama de Arintero







Arintero es un pueblo del municipio de Valdelugueros, en la provincia de León.
Está situado al norte de la provincia, en la cordillera Cantábrica, a orillas del río Villarías (afluente del Curueño), a 1.320 m de altitud.

En Arintero, se sitúa la leyenda que inspiró este Romance de la dama de Arintero (grupo folk La Rueca):







Situado al norte de la Vecilla, en plena montaña leonesa, hubo un tiempo en el que los niños correteaban por sus calles y los mayores trabajaban en el campo. Fue en el último tercio del siglo XV cuando ocurrió la siguiente historia de la dama de Arintero:

Tras la muerte del rey Enrique IV en el año 1474, Castilla se quedó sin heredero. Las Cortes habían jurado como reyes a la princesa Isabel, y a su esposo, el príncipe Fernando, heredero del trono de Aragón. Algunos poderosos señores de la nobleza habían alzado pendones por la infanta doña Juana, hija del difunto rey. Se empezó a tramar una rebelión, dirigida por don Alfonso, rey de Portugal, ya que quería extender su reino con la unión de Castilla.






Con ese motivo, los mensajeros se extendieron por todos los reinos, llamando a los vasallos leales a las armas en defensa de los Reyes Católicos.

Miles de personas acudieron a esta llamada y se concentraban cerca de Benavente y, en Arintero, sus vecinos habían alzado pendones por los Reyes Católicos. Sin embargo, al Señor del lugar, el noble conde García de Arintero, que había peleado cien combates junto a Castilla, era ya mayor y no podía acudir a la batalla con sus reyes. De su matrimonio con doña Leonor sólo habían nacido siete mujeres y no tenía hijos varones. Por primera vez en siglos, ningún señor de Arintero acudiría al llamamiento de la Corte.

La angustia del padre conmovía a una de sus hijas, Juana de Arintero, la mediana, que no soportaba ver a su padre desesperado de no poder servir a sus legítimos reyes. Concibió la audaz idea de ir ella a la guerra, en defensa del honor y el nombre de su linaje. Pidió licencia a su padre para ocupar, con el nombre de Oliveros, el puesto de varón que no le había concedido el Cielo.


 «...Calle usted, mi padre, calle/ no eche, no, esa maldición/ si tiene usted siete hijas/ Jesucristo se las dio./ Cómpreme armas y caballo,/ que a la guerra me voy yo./ Cómpreme una chaquetilla/ de una tela de algodón/ para apretar los mis pechos/ al lado del corazón...»


El padre se negaba, decía que era imposible que una mujer luchara, pero, a cada objeción de él, ella respondía firmemente y le desbarataba los argumentos. Tras varios días, el conde García acabó cediendo y dio el consentimiento a su hija. Fueron dos meses de duro trabajo. Juana, la dama de Arintero, aprendió a dominar su caballo de guerra y a manejar la espada y la lanza. Se habituó al peso de la armadura y al oficio de la guerra. Tras el duro aprendizaje, del débil cuerpo de la dama surgió el noble y hábil caballero Oliveros, nombre de guerra de Juana, quien se encaminó, desde Arintero, a unirse a las filas de combate. Parecía un caballero cualquiera y nadie sospechó cuando se presentó en el campamento de Benavente. En los meses sucesivos, gracias a su manejo de la espada y a su valor y coraje, el caballero Oliveros se ganó la fama de caballero valiente. En febrero de 1475 se inició el cerco de la ciudad rebelde de Zamora y el asalto de las murallas para tomar la ciudad. A punto de terminar la jornada, varios soldados, entre los que estaba el caballero Oliveros, se apoderaron de una de las puertas principales de la muralla y consiguieron que la ciudad se rindiese.






La siguiente batalla fue en Toro, donde el rey de Portugal había reunido a un poderoso ejército. Mientras el caballero Oliveros se enfrentaba contra un soldado armado, una estocada rompió el jubón de la dama y le dejó al descubierto un pecho. Varias voces gritaron a la vez: «Hay una mujer en la guerra». El rumor se extendió y llegó a oídos del almirante de Castilla, que recibió las explicaciones de Juana, que tuvo que desvelar su verdadero nombre y las causas de su presencia en el ejército. El Rey, admirado por el valor de la Dama, no sólo la perdonó, sino que concedió a Arintero y a sus vecinos numerosos privilegios. En su regreso a Arintero, Juana, mientras hacía frente a unos traidores que querían arrebatarle sus privilegios, cayó herida mortalmente y su valerosa hazaña quedó marcada en la ciudad de León, ya que una calle lleva su nombre.
Hay quien canta su valerosa muerte y no faltan los que dicen que escapó y posteriormente contrajo matrimonio con un noble asturiano. Lo que si es cierto, es que cumplió su misión a la perfección y ello lo atestiguan varios escudos localizados en los pueblos de Boñar, Valdecastillo, La Cándana, Cerecedo de Boñar, y el propio Arintero, con la siguiente inscripción:







«Si quieres saber quién es/ este valiente guerrero/ quitad las armas y veréis/ ser la Dama de Arintero».
Conoced los de Arintero
vuestra Dama tan hermosa
pues que como caballero
con su Rey fue valerosa. 


Un personaje de leyenda, que el escritor y médico leonés, Antonio Martínez Llamas, en su novela La dama de Arintero,  presentó pruebas incuestionables de que la heroína leonesa existió en realidad. Un cuadro y un pergamino adosado al dorso, fechados en el siglo XVII, dan fe de que Juana García, la dama de Arintero, combatió disfrazada de hombre junto a las tropas leales a Isabel la Católica.
Su biografía era demasiado espectacular como para ser ficticia.


Como dice don Maximiliano G. Flórez en su libro «La Montaña de los Argüellos»- «hay un hecho cierto e indiscutible. En Arintero existieron esos privilegios desde tiempo inmemorial, hasta los años de nuestros abuelos».






martes, 27 de diciembre de 2011

Edelweiss, flor de las nieves, una flor de leyenda







Leontopodium alpinum, conocida como flor de las nieves o con la palabra alemana Edelweiß (grafía alternativa Edelweiss). Es una flor que crece en pequeños grupos en las praderas alpinas y roquedos de altura de las cordilleras europeas, de no más de 10 cm de altura, con un color blanco y tonalidades verdosa o amarillenta. Es la flor emblemática de las alturas y por ello ha sido largamente esquilmada, habiendo desaparecido de muchas zonas y siendo mucho menos frecuente que hace unas pocas décadas, debido a lo cual ha sido protegida en territorio español, estando prohibida su recolección. En la actualidad, en España se encuentra solamente en el Pirineo, sobre todo en el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, del que es su símbolo, y, aunque raramente, se puede encontrar también en las montañas del norte de León. El término Edelweiß, significa en alemán "blanco noble" o "blanco puro".





La leyenda de esta flor es preciosa:

Allí, donde cada lugar es acariciado por un tenue manto helado, donde la nieve cubre las cumbres de las altas montañas y el frío recorre los valles y congela los lagos; allí, en un lugar perdido entre el paisaje de la enigmática Suiza, es donde cuentan que aquella historia ocurrió. Una historia que, aun a pesar de haber sucedido hace tantísimo tiempo, su significado ha hecho que no se olvide, y que con cada nueva nevada su espíritu vuelva a resurgir.
Cuentan que él, joven y apuesto, se hallaba enamorado de una mujer, decían, de una belleza casi comparable a la pureza de la blanquísima nieve que cubría el pueblo cada invierno, de tez pálida, ojos grisáceos, cabellos blancos y rasgos finos y suaves, convirtiéndola en una albina extremadamente hermosa. Edelweiss, se llamaba.
Se encontraba Edelweiss recogiendo agua de la fuente cuando él se acercó y, tímidamente, la cogió de las manos. Llevaba días escogiendo las palabras adecuadas para confesarle lo que sentía, pero ahora, bajo la hechizante mirada de esos ojos como la niebla, casi pareció olvidar por completo aquel discurso que se había aprendido de memoria y titubeando alcanzó a decir, de la manera más sencilla y sincera:

No podría demorar por más tiempo, amada mía, el momento de confesarte todo aquello que por ti siento. Sufro cada noche y cada día de dolor por dentro, al reconstruir tu bello rostro no sólo cuando sueño, sino también a cada instante que cierro los ojos, pues, es este sentimiento tan grande e imparable que una tempestad que amenazase con arrasar el pueblo, no podría ni con toda su furia, llevarse un solo ápice de mi afecto. Ni siquiera toda la nieve de estas montañas que nos rodean sería capaz un solo momento, de apagar el fuego que hace latir cada uno de mis órganos al veros. Vengo a deciros, gentil Edelweiss, que os amo con todo mi ser.

Sorprendida pero halagada, entrecerró coquetamente los párpados, dejando solo entrever una pequeña parte de sus iris plomizos a través de sus largas pestañas. Recorrió su rostro mirándole silenciosamente dejando la otra de sus manos entre las de él. Sonrió tiernamente, y con un gesto en un tono totalmente diferente, habló con ironía:

-¡Oh, Amado mío! ¡Abrumada me hallo ante tanta galantería! Pero no me malinterpretes, puesto que recibo tus palabras con el dulce mensaje con el que las proclamas. No obstante, ¿no te parece que toda declaración debe estar acompañada de hazañas?

Abrió los ojos aturdido, y con firmeza volvió a apresarla entre sus manos, mientras dijo convencido:

-Hermosa Edelweiss, aquí, donde me veis, os pregunto: ¿Qué es lo que queréis?, porque os aseguro que conseguiré todo aquello de lo que carezcáis, si así consigo demostraros lo que profeso y conseguir aunque sea una mínima parte de vuestro desvelo.





Sus finos labios sonrieron dejando ver una dentadura perlina y una melodiosa carcajada rompió la seriedad que los comprometía en ese momento. Después, alegó risueña:

-¡Enamorado mío! Os tomo la palabra y os digo, que si no es verdad que por mi amor lo que fuera haríais, este es el momento de que huyáis, porque el reto que os vengo a proponer no está al alcance de miedosos y cobardes.

La miró sin mediar palabra, dando a entender que quería escuchar atentamente su propuesta, excluyendo cualquier desliz en su rostro que pudiera romper el compromiso al que se entregaba. Ante la seguridad de él, ella prosiguió:

-Cuenta la leyenda, que una noche, una de las estrellas de las que relucen en el cielo le lloró a la luna y le declaró que sentía envidia de todo aquello que vivía en la tierra y que deseaba abandonar el firmamento para convertirse en una flor. La luna sintiéndose despechada decidió vengarse enviándola al primer pico más alejado de la tierra que en ese momento divisó, eligiendo el Dufourspitze, la enorme montaña que custodia nuestro pueblo. Allí, la estrella, bañada por la nieve se transformó en una hermosísima flor de pétalos blancos, que siempre estaría sola en lo alto de la montaña. Es la llamada flor de las nieves.

Hizo una pausa y rompiendo el tono solemne con el que había narrado la historia, recuperó el matiz socarrón al decir:

-Si es verdad que por mi murieras, allá a buscar esa flor fueras… Y ya te aviso, que si no la consiguieras, tampoco mi amor obtuvieras.

El rostro del joven palideció un momento. Después volvió a recobrar color cuando sus mejillas se encendieron mientras oprimía los puños y apretaba los dientes. Sus ojos casi llamearon cuando juró:

-¡Por tu amor Edelweiss, yo te traeré esa flor!




   
Y se marchó con un firme caminar.
Dicen que pasaron muchos días y que el joven nunca regresó. También dicen que aunque ella reía todas las mañanas cuando la luz le descubría el rostro, por las noches, cuando nadie la veía, sollozaba y rogaba que él volviera junto a ella.
Acabó perdiendo el juicio, sin salir de casa y llorando amargamente todas las noches mientras contemplaba el Dufourspitze.
Su pena culminó una de aquellas frías y largas noches, en la que según cuentan las descendencias de los vecinos de aquel lugar, a las tinieblas salió, totalmente desnuda a buscarle, gritando su nombre hasta desgarrarse la voz.
Desde entonces en su honor, la flor de las nieves es llamada ahora Edelweiss y es símbolo del amor verdadero y eterno, como el de los dos jóvenes que murieron arropados por la nieve.