El desfiladero de Piedrasecha, al norte de León, en la montaña occidental leonesa.
Encontré este vídeo y recordé la primera acampada de mi vida.
Fue durante el verano, al acabar el curso de COU, decidimos en la pandilla habitual realizar una excursión a este desfiladero, era habitual salir "de marcha" a recorrer alguna senda. Y, por primera vez (después de insistir e insistir), nuestros padres nos permitieron pasar la noche allí. Un grupo de doce, si no recuerdo mal. Los chicos de la pandilla eran expertos en marchas de montaña. Llegamos hasta allí en autobús, cargados con las tiendas, mochilas con provisiones, sacos de dormir, guitarras, piquetas y demás artilugios.
El recorrido lo iniciamos en el pueblo leonés de Piedrasecha, que se encuentra a 36 kilómetros de León. El autobús nos dejó junto a la carretera, en un ensanchamiento de la misma que se halla a la entrada del pueblo.
Comenzamos a caminar para buscar un sitio donde acampar.
Montamos las tiendas en una pendiente bastante pronunciada, al lado del río. Un lugar muy bonito aunque dificultoso para acampar. Nos gustó mucho y decidimos quedarnos allí. Una vez instalados, recorrimos el lugar, la llamada "Ruta de los Calderones".
Al inicio de la Ruta de los Calderones se encuentra esta ermita, donde se venera a la Virgen del Manadero, pues a sus pies hay una fuente por donde mana el arroyo de los Calderones en tiempo seco.
La ruta se inicia en Piedrasecha, para tomar después una vereda casi paralela al río. Al seguir avanzando, pronto se observa que el río ya no fluye en superficie, sino que su circulación es subterránea, fenómeno característico de los terrenos de naturaleza caliza. Así, se cruza todo el desfiladero, con paredes verticales, que en algunos puntos casi llegan a tocarse. El camino progresa sobre el antiguo lecho del arroyo, entre cantos rodados y marmitas gigantes. Cuenta un pastor que una vez, una corza perseguida por los perros, saltó de un lado a otro del desfiladero; así de angosto es el paraje.
Una ruta maravillosa y un lugar como de cuento.
Desfiladero de Piedrasecha
Regresamos al campamento y, al anochecer, encendimos fuego, preparamos la cena (asamos chorizos, compartimos embutidos y tortilla de patatas) y una "queimada" (bebida cuyos ingredientes principales son el aguardiente y el azúcar, a los que generalmente se les añade: corteza de limón o naranja). Comenzamos a cantar con las guitarras alrededor de la hoguera y a contar historias de miedo. Lo que no sospechábamos era el susto que llegaría después.
Y recuerdo especialmente una canción: "Compañeiro sei tocaire" y la risa que pasamos al cantarla. Al final, no sabíamos qué tocábamos: el tamborileiro, bocineira, pianola, violineira, zumbadeira, trianguleiro, guitarreira, instrumentos que se nombran en la canción.
No la había escuchado más, era muy habitual cantarla en la pandilla, nos la enseñó uno de los amigos, Luis, y ésta es la versión que cantábamos con la guitarra alrededor del fuego.
Nos fuimos a las tiendas tarde y, casi a punto de dormir, escuchamos aullar al lobo. Nadie se movía. En la tienda de las chicas sólo nos miramos, permanecimos en silencio, impresionaba. Desde la tienda de los chicos, Juan nos tranquilizó diciendo que los lobos no bajaban al valle durante el verano. Aulló de nuevo sólo una vez más. Nadie decía nada, aún recuerdo el susto, parecía encontrarse cerca.
Mi abuelo me había contado que una vez se encontró con uno de frente, y lo aconsejable era mantener la calma y no correr, el lobo se iba si no estaba hambriento. Pero la impresión era tan tremenda que hasta el vello se erizaba, como escarpias. No dije nada, no era cuestión de asustarnos más. Aunque pensaba en las palabras de mi abuelo: "si no estaba hambriento"...
Nos fuimos quedando dormidos. No aulló más.
Al amanecer, despertamos y escuchamos acercarse pisadas de animales. Lo primero que pensamos fue que venía ¡el lobo!!! Al principio, nadie se movió. Al cabo de un tiempo, reaccionamos. Decidimos salir a mirar.
Salimos y respiramos, se acercaba un pequeño rebaño de ovejas, y escuchamos lo que nos pareció en aquel momento un maravilloso sonido, ¡beeeeee!!! Daban ganas de abrazarlas a todas. ¡No era el lobo!!!
Algunas piquetas de las tiendas se habían desclavado, ni sé cómo permanecían sin desplomarse.
Nos fuimos al río, que se encontraba bajando la pendiente desde el campamento, en medio de la risa y la algarabía. Recuerdo el agua muy transparente, cristalina. Pero el recuerdo más vivo es la risa que pasamos cantando: "Compañeiro sei tocaire, compañeiro qué sabes tocaire..." racataplán y racataplán... Una pandilla encantadora. Éramos distintos y, sin embargo, parecidos en la forma de entender la vida. Cuando comenzamos la universidad, nos dispersamos más, pero alguno de ellos formó parte de la tuna de Medicina de Oviedo, y allí seguía con su guitarra y tan "salao" como siempre. Nos volvimos a encontrar. Y hoy todavía nos vemos y mantenemos la amistad. Cuando contamos en casa el episodio del lobo, se acabaron las acampadas por una buena temporada. No demasiado tiempo, siempre se nos ocurrían nuevas rutas, nos encantaba. Y bailar, cantar, hablar. Nunca más lo he escuchado aullar. Me contó un amigo de Villamanín que antaño, cuando las nevadas eran más copiosas, era habitual que los lobos bajaran al pueblo en busca de alimento, él los vio algunas veces desde la ventana pasear. Ahora, ya no aparecen.
Un documental sobre el lobo ibérico en las montañas del norte de España, con el aullido, dice que hiela los corazones.
Cuenta la leyenda que la mirada del lobo paraliza, impide correr, helando la sangre de sus víctimas.
Tal como me contó mi abuelo materno, no es cierto, lo mismo que se comenta en el vídeo, pero sí que se eriza el vello como escarpias; aún recuerdo su gesto al decírmelo, era muy expresivo, escuchaba muy atentamente sus relatos, interesantes, detallados, sosegados, recorrió frecuentemente estas montañas, las conocía bien.
Canción Tradicional Leonesa: Jota de Pola de Gordón (Tarna).
«Para aprender a ver hace falta más poesía y menos discursos, pues lo maravilloso fluye incesante bajo los párpados del mundo».
Ángel Fierro
Originario de Cármenes, aunque trabajó 40 años en Barcelona, Ángel Fierro pertenece a la generación de la poesía comprometida leonesa, y aunque su obra poética no es muy extensa, sí lo es su obra en general. Esencialmente poeta, Fierro es además narrador e investigador, que ha cultivado con esmero la etnografía, la historia y la música de su comarca, Los Argüellos, donde está ambientada su novela, El contador de vientos. Los Argüellos (Arbolio). comprende los municipios de Villamanín, Cármenes (de dónde él es originario) y Valdelugueros.
La suma de estos intereses hace que su bibliografía y sus grabaciones discográficas, que incluyen estudios musicológicos y partituras de la montaña leonesa, se acerquen a la cincuentena de títulos.
Fierro es, junto a Mateo Díez, José Antonio Llamas y el recientemente fallecido Agustín Delgado, miembro fundador y responsable de las revistas Claraboya y Picogallo. “En el caso de Claraboya -aclara Fierro- la irrupción de la revista abrió debate en el panorama poético español de la segunda mitad del siglo XX. Para nosotros fue también órgano de amistad, escuela de aprendizaje y tribuna desde donde elaborar nuestra visión de la poesía, siempre que su escritura tuviese una brizna de humanidad”. “Por lo que respecta a Picogallo, su objetivo fue distinto. Se trató de un balcón literario abierto desde la Asociación Cultural de Cármenes, donde un grupo de vecinos ensayamos el acercamiento de la cultura al mundo rural; una postura ética de libertad y respeto a lo diferente, frente al sectarismo de ´ismos´ y tribus, que enmascaran sus miserias bajo el adjetivo de lo social”.
Hoy he conocido a esta mujer a través del doodle de Google:
Ángela Ruiz Robles se ha convertido en la última protagonista de los doodles de Google. El buscador ha homenajeado a esta maestra, escritora e inventora española, considerada como la precursora del libro electrónico, en el 121º aniversario de su nacimiento.
Ángela Ruiz Robles nació en Villmanín, León, en 1895. Estudio en la Escuela de Magisterio de León, lugar donde impartió sus primeras clases de mecanografía, taquigrafía y contabilidad mercantil entre 1915 y 1916.
En 1917 se convirtió en docente y directora en la Escuela de Gordón, en León. Al año siguiente, consiguió una plaza como profesora en Santa Uxia de Mandiá, lugar en el que estuvo hasta 1928.
Dedicó el resto de su vida a la enseñanza, pero también a la escritura y a realizar varios proyectos. En 1949 inventó la enciclopedia mecánica, un aparato con abecedarios automáticos en todos los idiomas con el que poder formar palabras, frases, temas y toda clase de escritos.
Ángela Ruiz Robles, la precursora del libro electrónico
La enciclopedia mecánica de Ángela Ruiz Robles, considerada como una visión de lo que serían los libros electrónicos en el futuro, se podía leer tanto de forma vertical como horizontal, tenía luz propia para poder leerlo a oscuras e incorporaba sonidos para hacer más interactiva la lección.
Asimismo, la enciclopedia tenía la posibilidad de colocar los libros que se deseaba leer en cualquier idioma y, por el movimiento de unas bobinas, iban pasando todos los temas, haciendo las paradas que se quisiera. Las bobinas creadas por Ángela eran automáticas y podían desplazarse del estuche de la Enciclopedia y extenderse, con lo que quedaba toda la asignatura a la vista.
Construyó su enciclopedia mecánica con materiales rústicos de la época. La maestra quería que su invento se desarrollara con materiales ligeros capaces de transportarse en la mochila.
Su labor fue reconocida en España y en 1947 recibió la Cruz de Alfonso X el Sabio en reconocimiento a su carrera profesional. También obtuvo en 1952 la Medalla de Oro y Diploma en la I Exposición Nacional de Inventores Españoles y en 1956 el Ministerio de Educación Nacional le concedió el Lazo de la Orden de Alfonso X el Sabio.
La falta de financiación hizo que el proyecto cayera en el olvido, pero, aun así, esta maestra española será recordada por ser la precursora del libro electrónico.
"Sublime gracia" (Amazing grace), con la bellísima voz de este fraile franciscano, fray Alessandro, para quien la música es "un teléfono directo con Dios".
San Francisco, continúa diciendo, buscaba sueños grandes, era un artista, había estudiado mucho, también cantaba. Me he sentido muy identificado con él y su historia me hacía soñar. Él ha sentido la llamada de Dios en contacto con la naturaleza, como yo durante mi conversión cuando sentí su llamada en un momento de retiro espiritual en el bosque. Él amaba la soledad, vivir retirados del mundo y de las cosas materiales. Sabía que solo había que usarlas en el momento justo, la misma sensación y creencia que tenía yo.