El puente atirantado que aparece, "Puente Ingeniero Carlos Fernández Casado", cruza el embalse de Barrios de Luna (León) formando parte de la autopista Ruta de la Plata (AP-66). Fue inaugurado en 1983, siendo durante algunos años el puente atirantado con el vano más largo del mundo.
Lugar tantas veces visitado en la niñez con mis padres y hermanos, y de excursiones habituales en la adolescencia. Cuando era pequeña lo pasaba fatal al cruzarlo, me parecía que, en cualquier momento, el coche de mi padre podía caerse al Pantano. Manías.
Es maravilloso observar la gama de azules que proyecta el agua
Debido a la sequía que nos asola, éste es su estado actual en 2017. Se pueden apreciar los vestigios de los pueblos que fueron anegados por las aguas.
Otro de los pantanos en situación parecida es el pantano de Riaño, uno de los de mayor capacidad de la Comunidad de Castilla y León. Situado en una ubicación maravillosa, dentro del Parque Regional de los Picos de Europa., en la Montaña Oriental Leonesa.
La falta de lluvia y nieve del pasado otoño e invierno, unida a la pertinaz sequía actual, dan como resultado que se encuentre en los niveles más bajos de almacenamiento de su historia. Fue en 1987 cuando se cerraron definitivamente sus compuertas y comenzó a embalsar agua. Su construcción estuvo llena de controversias, se comenzó en 1965, pero diferentes reclamaciones y recursos hicieron que se prolongara durante más de veinte años.
"El mundo matinal que se extendía ante mis ojos me parecía tan bello como si lo viera por primera vez”
Pasear –respondí yo- me es imprescindible, para animarme y para mantener el contacto con el mundo vivo, sin cuyas sensaciones no podría escribir media letra más ni producir el más leve poema en verso o prosa. Sin pasear estaría muerto, y mi profesión, a la que amo apasionadamente, estaría aniquilada. Sin pasear y recibir informes no podría tampoco rendir informe alguno ni redactar el más mínimo artículo, y no digamos toda una novela corta. (...) De imágenes y vivas poesías, de hechizos y bellezas naturales bullen a menudo los lindos paseos, por cortos que sean. Naturaleza y costumbres se abren atractivas y encantadoras a los sentidos y ojos del paseante atento, que desde luego tiene que pasear no con los ojos bajos, sino abiertos y despejados, si ha de brotar en él el hermoso sentido y el sereno y noble pensamiento del paseo. Piense cómo el poeta ha de empobrecerse y fracasar de forma lamentable si la hermosa naturaleza maternal y paternal e infantil no le refresca una y otra vez con la fuente de lo bueno y de lo hermoso. Piense cómo para el poeta la instrucción y la sagrada y dorada enseñanza que obtiene ahí fuera, al juguetón aire libre, son una y otra vez de la mayor importancia. Sin el paseo y sin la contemplación de la naturaleza a él vinculada, sin esa indagación tan agradable como llena de advertencias, me siento como perdido y lo estoy de hecho. Con supremo cariño y atención ha de estudiar y contemplar el que pasea la más pequeña de las cosas vivas, ya sea un niño, un perro, un mosquito, una mariposa, un gorrión, un gusano, una flor, un hombre, una casa, un árbol, un arbusto, un caracol, un rostro, una nube, una montaña, una hoja o tan sólo un pobre y desechado trozo de papel de escribir, en el que quizá un buen escolar ha escrito sus primeras e inconexas letras. Las cosas más elevadas y las más bajas, las más serias y las más graciosas, le son por igual queridas y bellas y valiosas. No puede llevar consigo ninguna clase de sensible amor propio y sensibilidad. Su cuidadosa mirada tiene que vagar y deslizarse por doquier, desinteresada y carente de egoísmo; tiene que ser siempre capaz de disolverse en la observación y percepción de las cosas, y ha de postergarse, menospreciarse y olvidarse de sí mismo, sus quejas, necesidades, carencias, privaciones, como el bravo, servicial y dispuesto al sacrificio soldado en campaña. De otro modo, pasea tan sólo con media atención y medio espíritu, y eso no vale nada. Tiene que ser en todo momento de compasión, de identificación y de entusiasmo, y ojalá que lo sea. Tiene que alzarse a elevado arrebato y hundirse y saber descender a la más profunda y mínima contrariedad, y probablemente sale. Pero ese fiel y entregado disolverse y perderse en los objetos y ese celoso amor por todas las manifestaciones y cosas lo hacen feliz, como todo cumplimiento de obligación hace feliz y rico en lo más íntimo a quien tiene una obligación que cumplir. Espíritu, entrega y fidelidad lo satisfacen y elevan sobre su propia e insignificante persona de paseante, que con demasiada frecuencia tiene reputación y mala fama de vagabundeo e inútil pérdida de tiempo”.
"Mi jardín me brinda una certeza mayor que cualquier sistema filosófico. Es suficiente observarlo para comprender que allí ocurren cosas absolutamente diferentes de las que percibimos. Como, por ejemplo, el diálogo cósmico que se produce entre la tierra y el sol durante la floración, que puede implicar en lo profundo nuestro ánimo sin que haga falta incomodar a un más allá. La poesía puede ser suficiente, porque nos pone en el estado de ánimo adecuado".