"...Y allí arriba, en la soledad de la cumbre, entre los enhiestos y duros peñascos, un silencio divino, un silencio recreador..."(Miguel de Unamuno)


miércoles, 29 de octubre de 2014

Orar con los salmos

 
 


El Señor es mi pastor, nada me falta.

En prados de hierba fresca me hace reposar,

me conduce junto a fuentes tranquilas

y repara mis fuerzas.


Me guía por el camino justo,

haciendo honor a su Nombre.

Aunque pase por un valle tenebroso,

ningún mal temeré,

porque Tú estás conmigo.

Tu vara y tu cayado me dan seguridad.


Me preparas un banquete

en frente de mis enemigos,

perfumas con ungüento mi cabeza

y mi copa rebosa.

Tu amor y tu bondad me acompañan

todos los días de mi vida;

y habitaré en la casa del Señor

por años sin término.
 
Amén
 
 
 
 


«¿Dónde pastoreas, Pastor bueno, tú que cargas sobre tus hombros a toda la grey? Muéstrame el lugar de tu reposo, guíame hasta el pasto nutritivo; llámame por mi nombre, para que yo escuche tu voz, y tu voz me dé la vida eterna. "Muéstrame, amor de mi alma, dónde pastoreas". Te nombro de este modo porque tu nombre supera cualquier otro nombre y cualquier inteligencia; de tal manera que ningún ser racional es capaz de pronunciarlo o de comprenderlo. Este nombre, expresión de tu bondad, expresa el amor de mi alma hacia ti. ¿Cómo puedo dejar de amarte a ti, que de tal manera me has amado que has entregado tu vida por mí? No puede imaginarse un amor superior a este: el de dar la vida para mi salvación».

(S. Gregorio de Nisa. Homilía 2 sobre el Cantar de los Cantares)

 
 
 
 

miércoles, 15 de octubre de 2014

A veces...





 
 
A veces, Dios me quita la poesía. 
       Y entonces miro piedra y no veo sino piedra...

 Adélia Prado


 
 
De una gota solamente, ¡cuánta poesía!
 


 
 

martes, 7 de octubre de 2014

La razón de toda alegría

 
 
 

 
Tú siempre me levantarás...
 
 
YO SÉ LO QUE ES EL AMOR

Estuve olvidado hasta que pronunciaste mi nombre, perdido en las sombras hasta que iluminaste mi camino con tu luz, ahora vuelvo a creer en todos mis sueños otra vez, con ojos asombrados e inocentes veo cómo esos días de dudas están ya tan lejos y oh, yo caeré, y Tú siempre me levantarás, el tiempo me lo ha demostrado. Yo volaré, y Tú estarás ahí para guiarme directamente hacia el deseo más alto de mi corazón, te siento junto a mí, y yo se lo que es el amor.
Ahora no hay montaña demasiado alta para que yo la suba, ni océano tan ancho que yo no pueda atravesar, ahora creo en mí, porque Tú vives y respiras en mí, nada puede separarnos, somos una estrella que ninguna noche puede oscurecer, oh, yo caeré...
Es algo indescriptible, un silencioso renacer, no hay palabras que puedan expresar esas profundidad, pero yo sé, yo sé...
 
 
 
 
 

miércoles, 1 de octubre de 2014

Siempre la claridad viene del cielo

 
 
 
Hayedo de Cármenes
 
 
 
Siempre la claridad viene del cielo;
es un don: no se halla entre las cosas
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias.
Así amanece el día; así la noche
cierra el gran aposento de sus sombras.
Y esto es un don. ¿Quién hace menos creados
cada vez a los seres? ¿Qué alta bóveda
los contiene en su amor? ¡Si ya nos llega
y es pronto aún, ya llega a la redonda
a la manera de los vuelos tuyos
y se cierne, y se aleja y, aún remota,
nada hay tan claro como sus impulsos!
Oh, claridad sedienta de una forma,
de una materia para deslumbrarla
quemándose a sí misma al cumplir su obra.
Como yo, como todo lo que espera.
Si tú la luz te la has llevado toda,
¿cómo voy a esperar nada del alba?
Y, sin embargo –esto es un don–, mi boca
espera, y mi alma espera, y tú me esperas,
ebria persecución, claridad sola
mortal como el abrazo de las hoces,
pero abrazo hasta el fin que nunca afloja.

Claudio Rodríguez
(Don de la ebriedad, 1953)